Siempre he pensado que los nombres nos definen. ¿O será que nosotros le impregnamos el significado a los nombres? No puedo imaginar, por ejemplo, a un Homero que no sea borrachín y amarillo. Nunca. ¿Llamar a un hijo Homero? ¡Primero muerta!
También creo que las heroínas de las novelas y las películas tienen nombres rimbombantes: Clementine, Tita, Karenina, Midori… Luna.
Los apellidos tienen que ver de igual forma, Ibarguengoitia: impronunciable y complicado. García: cajero de banco. Sabines: artista. Bush: ¿Quién podría ser serio apellidándose “arbusto”?
Al menos tengo nombre de heroína, porque el apellido lo tengo de sopa: pero no lo diré acá, el anonimato ante todo. Luna C., con este nombre quién en su sano juicio podría pensar que resultaría una mujer normal, una sufrida María o una pudorosa Lupita.
A parte de heroico, es pocho mi nombre… ni cómo ayudarme.
Pero al menos no tendré que ir al registro civil y explicar: “Verá señor oficinista, he decidido reinventarme y necesito un nombre, ya sabe, así… fuerte, con garra. De mujer de mundo.” Luna suena bien, un poco loco después de Harry Potter, pero el apellido sopero ayuda a contrarrestar el efecto de bruja.
¿O lo querré contrarrestar? Mmmmm… tengo que pensarlo.

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