CCXVII
Parece que morí, ¿verdad? Pero necesitaba un poco de espacio para estar conmigo misma y digerir todo lo que ha sucedido.
No, no me he retirado. Sí, aún me suceden cosas descabelladas que les he de contar.
Por ejemplo, hoy aprendí cómo deshacerte de un terrible outfit sin perder a una potencial amiga (o quizá quede en “buena compañera de trabajo”).
Entró a la oficina luciendo… algo que no sé ni cómo describir. Era… horripilante. Una especie de blusa, de esas como burbuja, que viene con resorte en los hombros y en la cintura, entonces todo el relleno puede, cubrirse o resaltarse. Era transparentosa y con mangas bombachas; con tiras doradas en el resorte y de un verde… bueno, con verde bastaría, ¿no?
Y fue como el grano peludo en el cachete izquierdo de alguien, ese que no puedes de mirar aunque tu conciencia te diga “vela a los ojos, vela a los ojos”. Me persiguió, me acosó y… Dios movió mi mano para ponerle remedio.
Fue a la hora de la comida, por andar jugando mi tenedor cayó justo en su plato de mole y eso fue un desastre.
Obviamente estaba muy apenada, aunque no lo pareciera porque no podía parar de reír. Le ofrecí comprarle algo para reponerle su inservibleacosachicasmodernasquesevistenconbuengusto. Y así, regresamos a la oficina, yo con 100 pesos menos, pero sin grano peludo que mirar. Ella, con una decentísima playera negra, comprada en descuento.
Todos felices.